Por Laura Ximena Garzón, coordinadora de Salud Mental de MSF en Colombia
Cuando un desastre natural ocurre, solemos contar lo que se ve: edificios caídos, cifras de muertos, heridos y damnificados, vías y servicios cortados. Lo que no se ve casi nunca entra en el balance.
Pero durante estas semanas de atención en salud en Chocó, Valle del Cauca y Risaralda los equipos de Médicos Sin Fronteras (MSF) hemos visto las consecuencias sobre el bienestar psicológico y social que surgen de la pérdida de viviendas y formas de sustento, de la cercanía con la muerte, de la separación de redes familiares y comunitarias, y de la incertidumbre frente al futuro.
Recuperar ese bienestar implica reconstruir la seguridad, la capacidad de acción, los vínculos y los recursos de afrontamiento. La experiencia nos mostró que esto es aún más posible si se implementan estrategias pensadas desde cada territorio, la cultura y el momento de la emergencia. Contamos aquí tres lecciones aprendidas.
1. La respuesta debe tener un enfoque étnico-cultural
No existe un duelo universal o una única forma de expresar las emociones y por lo tanto no existe una forma única de acompañarlas.
En Chocó, una comunidad indígena Embera Dobida (gente de río) resumió su situación con una frase: «el río estaba enfermo, pero se va recuperando». Bajo su cosmovisión, el cuerpo y el territorio están estrechamente conectados, y el río es parte fundamental de esa unión. A partir de esta reflexión, construimos una actividad simbólica en la que las olas representaban aquello que el sismo había removido; el cuerpo, las huellas físicas y emocionales que dejó; el árbol, los vínculos que permanecían firmes; y la casa, los espacios de protección y cuidado.
En las actividades con niños y niñas de la comunidad hicimos una lectura adaptada culturalmente del cuento infantil El monstruo de colores de Anna Llenas, sobre el reconocimiento de las emociones. sino ‘peranubu’; para la alegría, ‘kapipia’; para la rabia, ‘kirunubu’; para la tristeza, ‘pienubu’; y para la calma, ‘neeka’. Estas palabras son formas de nombrar esas emociones desde la comprensión de la comunidad y no traducciones literales del español. La adaptación intercultural requiere construir las intervenciones en diálogo con las comunidades, reconociendo sus referentes lingüísticos, territoriales, colectivos y culturales.
2. Hay que recuperar los espacios protectores
En Buenaventura, el terremoto afectó jardines infantiles, escuelas y casas comunitarias que representaban protección, juego y rutinas para niños, niñas, adolescentes y mujeres. Allí vimos la necesidad de crear ‘espacios amigables’ en los que fuera posible recuperar la socialización y la expresión emocional. Esos espacios también nos permitieron hablar de prevención y reconocimiento de la violencia sexual, que es una urgencia médica.



Con cuentos como El monstruo de colores de Anna Llenas y Ramón Preocupón de Anthony Browne, los niños pudieron hablar del miedo sin tener que reconstruir lo vivido y fabricaron sus propios «quitapesares» con materiales sencillos. Así abordamos el miedo, las preocupaciones, las pesadillas, la inseguridad y los cambios en las rutinas. También recurrimos a herramientas que la comunidad ya tenía a la mano, como la música y el baile, que ya cumplían funciones de afrontamiento, pertenencia y bienestar.
3. Es necesario cuidar de quienes nos cuidan
A veces quienes sostienen a los demás se ven sobrecargados y no tienen un apoyo propio. En Risaralda, trabajamos con 160 respondientes de primera línea: médicos, paramédicos, funcionarios, personal hospitalario. Muchos de ellos vivieron el terremoto, con afectaciones a sus lugares de trabajo o pérdidas de colegas, pero continuaron trabajando en jornadas prolongadas y con alta carga asistencial.
Encontramos agotamiento, culpa por no poder atender a todos, manifestaciones somáticas (como dolores y enfermedades físicas) y una peligrosa costumbre de seguir funcionando desde el límite. Entonces trabajamos juntos para reconocer las señales propias de alarma, identificar lo que estaba bajo el propio control y lo que no, y desarrollar estrategias de cuidado propio y entre colegas. Pero hay que reconocer también que el autocuidado individual no basta. Las instituciones deben asumir la responsabilidad de asignar rotaciones de turnos, garantizar el descanso y crear espacios de cuidado.
Hay además una preocupación que va más allá del terremoto: los obstáculos del sistema de salud para garantizar atención continua en salud mental. Durante nuestras atenciones en las tres regiones, vimos personas con riesgo suicida y trastornos mentales graves, tanto preexistentes como identificados después del terremoto. Estos casos evidenciaron barreras importantes para acceder a atención especializada, como la falta de continuidad de tratamientos psicofarmacológicos y psicoterapéuticos, las dificultades de acceso a servicios de salud mental y las barreras geográficas, especialmente en zonas rurales dispersas.
Dos meses después del terremoto, la recuperación también depende de que quien pida ayuda la encuentre, de que quien cuida tenga quién lo cuide y de que cada comunidad sea escuchada en su propia lengua. Este 10 de octubre, la salud mental no puede ser un asunto de conmemoración, tiene que ser parte de la respuesta.