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22.05.2015

Historias de migrantes: Anna, Mohamed y Golleh

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Más de 35.000 personas han cruzado el Mediterráneo para llegar a Italia entre enero y la primera mitad de mayo de 2015. El año pasado, más 170.000 migrantes, refugiados y solicitantes de asilo alcanzaron las costas italianas. 
 
Muchas de las personas rescatadas de embarcaciones hacinadas y que carecen de las condiciones para realizar una travesía como la del Mediterráneo centro son trasladadas a Sicilia. En el puerto de Pozzallo, en la provincia meridional de Ragusa, los migrantes son recibidos en el muelle por un equipo médico de Médicos Sin Fronteras (MSF) junto al personal del Ministerio de Sanidad de Italia. El equipo de MSF – formado por médicos, enfermeras y mediadores culturales – realiza una exploración y reconocimiento a los recién llegados y proporciona asistencia médica a quienes lo requieren tanto en las horas primeras horas tras desembarcar como durante su estancia en el centro de recepción inicial.
 
En 2014, los equipos de MSF en Italia realizaron reconocimientos a 26.081 personas trasladadas a puerto, llevaron a cabo 2.595 exámenes médicos y 700 valoraciones de salud mental. Durante los tres primeros meses de 2015, el operativo de MSF ha efectuado 1.394 reconocimientos y 566 exámenes médicos.  
 
En el centro secundario de recepción en la provincia de Ragusa, donde los migrantes esperan los resultados de sus solicitudes de asilo, dos psicólogos del equipo de salud mental de MSF proporcionan apoyo psicológico. Aquellas personas en las que se detectan problemas de salud mental más graves son referidas a un psiquiatra.
 
HISTORIAS DE MIGRANTES
 
 
Los sueños de estrellas del fútbol truncados por la guerra
 
Mohamed, 17 años, huyó de Siria después de que una bomba matara a su compañero de equipo
 
Mohamed siempre había soñado con una carrera en el fútbol internacional. A los 17 años de edad, era el capitán de la selección juvenil de Siria a pesar de ser el jugador más joven del combinado. Delantero y con el número 10 a la espalda, había marcado 64 goles en 52 partidos. Sin embargo, el 15 de abril lo dejó todo atrás y escapó de Siria arriesgando su vida en una frágil embarcación con la que cruzó el Mediterráneo.
 
"¿Dónde está nuestra estrella?", "Nuestro mejor jugador no debería habernos dejado", "Se ha ido a Alemania": son algunos de los mensajes que aparecen en el muro de Facebook de Mohamed, junto con fotos y videos que muestran sus habilidades en el terreno de juego.
 
Cuando comenzó el conflicto, Mohamed estaba tan absorto en el fútbol que no prestó mucha atención a las noticias sobre la guerra. Pero pronto el conflicto comenzó a invadir su vida cotidiana. Al tomar el autobús para acudir a los entrenamientos, las explosiones se hicieron más y más frecuentes. Cuando escuchaban las bombas, Mohamed y el resto de compañeros se echaban al suelo y se cubrían entre los asientos. Hasta que llegó el día en el que, en medio de un partido, una bomba impactó en el campo y mató a uno de sus compañeros de equipo. Ese día Mohamed se dio cuenta de que no quería continuar.
 
Además, se avecinaba el décimo octavo cumpleaños de Mohamed, trayendo consigo la perspectiva de un reclutamiento forzoso para el ejército sirio. "Decidimos salir de Siria para proteger su futuro”, relata su padre.
 
Acompañado por su padre y su tío, Mohamed cruzó la frontera de Turquía hasta la ciudad portuaria de Mersin. Tenía por delante cientos de kilómetros en un viaje repleto de peligros. Tuvieron que atravesar a pie montañas, negociar el transporte y evitar a los traficantes, todo en un entorno en guerra. 
 
En Mersin, encontraron un barco que los llevaría a Europa. Se trataba de un buque mercante ya viejo, en el que viajaron hacinados junto a cientos de compatriotas. El segundo día el barco comenzó a hacer agua. Cuando fueron rescatados, la embarcación apenas se mantenía a flote. Cinco días más tarde, desembarcaban en Sicilia.
 
Mohamed se sienta ahora en una cama plegable en el centro de recepción de migrantes en Pozzallo. Está rodeado de familias sirias y, tras él, en la pared se suceden dibujos, mensajes en árabe, banderas sirias y una foto de un barco con vías de agua con la leyenda 'el barco de la muerte'.
 
Mohamed tiene una mirada seria y decidida. Nos transmite la sensación de ser una persona que, a pesar de todas las dificultades, no va a renunciar fácilmente a sus aspiraciones 
 
"Espero que los clubes europeos lean mi historia y me ayuden a perseguir mi sueño: jugar al fútbol", dice Mohamed. "Me gustaría llegar a Alemania y jugar en el Borussia Dortmund, o a España y formar parte del Real Madrid. No puedo volver a Siria; me siento como un desertor".
 
Alguien trae un balón. Mohamed lo bota antes de empezar a darle toques con la cabeza. Juega con él con pericia, se la pasa desde la cabeza al pie, del hombro a la rodilla. Los compañeros de habitación forman un círculo a su alrededor, aplauden y animan los malabarismos de Mohamed con la pelota. Por primera vez en mucho tiempo Mohamed sonríe.
 
 
“Quiero estudiar y devolver la paz a mi país”
 
Anna, de 21 años, dejó Eritrea, pero un día está decidida a volver.
 
La primera vez que Anna trató de salir Eritrea todavía era una niña. Fue arrestada y encarcelada; en la prisión, la ataron y golpearon. Tras su liberación, Anna comenzó a elaborar el plan perfecto para salir del país. "Escapar de Eritrea no es ninguna broma", afirma. “Quienes tratan de huir corren el riesgo de ser ejecutados."
 
Anna tenía solo 16 años cuando logró cruzar la frontera a la vecina Etiopía. Permaneció allí cinco años con la esperanza de obtener el permiso para reunirse con su madre en Israel, pero sus solicitudes fueron repetidamente rechazadas. Finalmente decidió salir de allí para embarcarse en el largo y peligroso viaje a Europa.
 
El parte del trayecto más difícil, cuenta Anna, tuvo lugar en Sudán. Tras caminar durante 13 horas sin parar, consiguió subir a una camioneta tipo ranchera, donde ya iban otras 25 personas. Sentía las piernas como si estuvieran paralizadas, recuerda. En el desierto, traficantes interceptaron el vehículo, les obligaron a desnudarse en busca de dinero y objetos de valor. Los traficantes les robaron todo lo que tenían valor, incluso dejaron a algunas personas sin zapatos.
 
Anna se aferra firmemente a un ejemplas de la Biblia mientras habla. No llora, pero sus ojos se humedecen con lágrimas contenidas. "Tenía miedo", cuenta. "No sabía si lo lograría. Recé mucho porque confiaba en Dios".
 
En Jartum, la capital sudanesa, Anna coincidió con algunas personas que conocía y juntos viajaron a Libia. En la costa mediterránea libia consiguió subirse en un barco de madera junto con a otras 300 personas. Apenas unas horas después de salir, el motor del barco se incendió. Los pasajeros lograron apagar las llamas, pero el motor había quedado inutilizado. Uno de los pasajeros llamó a los servicios de rescate de emergencia, que llegaron nueve horas más tarde y los trasladaron a Pozzallo, Sicilia.
 
Anna se encuentra en el centro de recepción de Pozzallo. Como la mayoría de los eritreos que están allí, Anna sabe algunas palabras en italiano, pero es gracias al mediador cultural de Médicos Sin Fronteras (MSF), Negash, Anna puede contar su historia en su tigriña natal.
 
"Estoy viva y tengo mucha fe en Dios”, afirma Anna. "No sé a dónde voy a ir, tal vez vaya a Bélgica o quizás a Inglaterra, pero sí sé lo que quiero hacer: quiero estudiar Ciencias Políticas. Quiero trabajar para devolver algún día la paz a mi país. Tengo un profundo deseo de volver a Eritrea".
 
 
“Mucho más que una carta”
 
Golleh, de 20 años, perdió a sus padres y su herencia en Gambia.
 
Cuando el equipo de MSF en Pozzallo recibió la carta de Golleh, fue un día especial.
 
El joven Golleh llegó al puerto siciliano de Pozzallo en una embarcación que había zarpado desde Libia. Sufría dolores intensos en el abdomen y Anna, la doctora de (Médicos Sin Fronteras) MSF que le examinó en cuanto desembarcó, le diagnosticó una infección intestinal para la que no había recibido tratamiento durante algunos meses. Después de un tratamiento con antibióticos, Golleh mejoró y cuando le tocó abandonar el centro de acogida para migrantes recién llegados ya estaba completamente curado.
 
Pero algunas cicatrices le dejaron una marca que no solo era perceptible en su cuerpo sino que también habían dejado rastro en su mente. Y este es precisamente el trabajo de Pina y Gaia, dos psicólogas de MSF que trabajan en la provincia siciliana de Ragusa: facilitar apoyo psicológico a las personas que llegan hasta aquí y que luchan para asimilar experiencias habitualmente traumáticas.
 
Gaia conoció a Golleh en el centro de recepción donde estaba mientras esperaba que su solicitud de asilo fuera tramitada. Goleh se sintió aliviado de ver nuevamente a un trabajador de MSF y le contó a Gaia por qué estaba allí y lo que le había sucedido en el camino.
 
Cuatro años antes, en Gambia, los padres adoptivos de Golleh murieron. Despojado de su herencia, viviendo en la pobreza y completamente solo, Golleh decidió marcharse.
 
Golleh pasó cinco meses en Senegal y un año en Mauritania antes de dirigirse a Libia. Incapaz de pagar 500 dinares libios (322 euros), fue encarcelado y obligado a trabajar a punta de pistola todos los días durante dos meses para pagar su deuda. "Me registraban día y noche, me apuntaban con sus armas y me golpeaban", explica Golleh. Tras ser liberado, decidió tomar un barco para Italia.
 
"Desde 2011, cuando mi padre murió, las primeras personas que me han cuidado han sido ustedes”, le dice a Gaia.
 
Ese mismo día, Golleh se sentó y escribió una carta dirigida a la doctora de MSF que le había atendido cuando llegó por primera vez a Pozzallo:
 
"Hola Anna, quiero darte las gracias a ti y a todas las personas que trabajan en Pozzallo, en particular a los médicos. Les envío mis recuerdos a todos ustedes porque hoy me he sentido muy feliz de ver a la tía Gaia, que ha venido de Pozzallo a hacernos una visita al centro.
 
Estoy muy contento. Les escribo esta carta para saludar a cada uno de ustedes. He sido testigo del respeto que demuestran hacia el ser humano. Proporcionan el tratamiento adecuado para aquellos que están enfermos. Siempre sonríen porque quieren que nos sintamos bien. Por esta razón quiero agradecerles su ayuda. Les tengo en mis oraciones.
Su amigo de Gambia,
Golleh
¡Gracias por leer mi carta!”
 
Anna respondió posteriormente a Golleh: 
 
“¡Gracias Golleh por escribirnos! 
Cuando has hecho un largo viaje para escapar de la pobreza y la persecución, cuando has sido sometido a trabajos forzosos en una prisión en Libia, cuando has arriesgado tu vida cruzando el Mediterráneo, lo menos que podemos hacer es ayudar a sanar tus cicatrices visibles e invisibles”.
 

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