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Javiera Puentes

Médico/a- San Felipe, Chile
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Los equipos de Médicos Sin Fronteras (MSF) han estado interviniendo en la respuesta al Ébola en África occidental desde que se declaró el brote, en marzo de 2014. Si bien el mayor contingente de trabajadores de la organización está enfocado en los tres países más afectados (Guinea, Liberia y Sierra Leona), el personal de MSF también suministró soporte técnico en Nigeria, donde 20 personas contrajeron la enfermedad. La epidemia en ese país se declaró oficialmente finalizada el 20 de octubre de 2014, tras un período de 42 días sin que se registrasen nuevos casos.

La Dra. Javiera Puentes formó parte de esta intervención y comparte sus impresiones al respecto.

¿En qué consistió el trabajo de MSF en Nigeria? 

Nigeria es un país que tenía la capacidad de organizar la respuesta al brote de Ébola. Tenía recursos materiales y humanos, pero les faltaba la presencia de alguien con experiencia en el tratamiento de la enfermedad. Médicos Sin Fronteras (MSF) estuvo así presente como asesor técnico, proporcionando apoyo al personal del Ministerio de Salud. Nuestro trabajo consistió, entonces, en participar en la coordinación de la respuesta y en formar técnicamente a algunos de los equipos de respuesta al Ébola, principalmente en el manejo de los centros de tratamiento, en la sensibilización e información a la comunidad, y en aspectos de salud mental y epidemiología.

 ¿Cuál era tu rol? 

Yo trabajé como responsable médica en el centro de tratamiento de Ébola en la ciudad de Lagos, una de las más populosas de África. Mi trabajo consistió en acompañar, supervisar y formar continuamente al equipo sanitario (médicos, enfermeros, laboratoristas) para asegurar que el tratamiento de los pacientes fuera el óptimo y que se respetaran estrictamente las reglas de seguridad para evitar contagios. El objetivo era contar con un equipo local preparado para responder en forma autónoma en caso de que apareciese otro eventual brote; esto significó que mucha gente tuviese que ser formada.

Mi rol era asegurarme de que todos nuestros pacientes (aquellos casos sospechosos así como los pacientes confirmados) recibieran un tratamiento médico y humano adecuado. Subrayo lo humano, porque el Ébola genera mucho miedo, y eso puede provocar a veces un distanciamiento y una deshumanización innecesaria de los enfermos. Entonces, además de preocuparme de que el equipo conociera bien el protocolo de manejo y las normas de seguridad en el centro para evitar contagiarse, tenía que enfatizar el hecho de que los pacientes se podían tocar si uno llevaba el traje protector adecuado (EPP) en la cercanía del paciente, en el diálogo con él.

Pasábamos todo el día en el centro trabajando con distintos equipos, ya que mucha gente quería formarse, y venían desde varias regiones del país para recibir entrenamiento en el manejo de casos de Ébola. Muchos de los trabajadores que entrenábamos querían ir a trabajar a Liberia o a Sierra Leona, pues conocían la falta de médicos y personal sanitario que había allá.

Además, mi rol incluyó hablar con el Ministerio de Salud para coordinar la respuesta, y también con las otras organizaciones que estaban presentes; participar en las reuniones diarias donde cada equipo hacía su puesta al día. La respuesta al brote fue inmensa, había cientos de personas trabajando en áreas diferentes: seguimiento de contactos, control de la gente que ingresaba al país, apoyo psicosocial, logística, recursos humanos...

¿Puedes describirnos tu día a día durante la misión? 

A las 7 y cuarto de la mañana el equipo se reunía para ponerse al tanto de las actividades del día anterior y planear los movimientos de la nueva jornada. Luego yo me iba con mis compañeros al centro de tratamiento. Recibíamos el cambio de turno, veíamos cómo había sido la noche, si se había registrado alguna novedad. Luego pasábamos visita en el área de casos sospechosos, y después en la de pacientes confirmados. No podíamos estar mucho tiempo allí porque con los trajes protectores uno se deshidrata enseguida. Si había quedado algo pendiente, se lo encargábamos al próximo equipo que iba a entrar, o bien había que entrar de nuevo más tarde. En los ratos en que no estábamos “adentro”, hacíamos formaciones o talleres, simulaciones, discusión de casos clínicos o revisión del protocolo con el grupo de turno. La forma de vestirse y desvestirse lo repasábamos constantemente, porque siempre había que corregir pequeños errores que podían llegar a tener consecuencias.

El ritmo de trabajo es bastante duro en una emergencia: terminábamos tarde, continuábamos analizando los datos y preparando material de formación hasta entrada la noche… Además, la deshidratación por el uso del traje protector en tan altas temperaturas te pasa la cuenta. ¡Perdíamos hasta 2 litros de agua en cada entrada al centro de tratamiento! Es por eso que vigilarse entre compañeros es fundamental: teníamos que cuidarnos unos a otros entre los trabajadores, estar pendientes de signos de cansancio extremo o de estrés, para evitar bajar la guardia.

¿Qué experiencias traes en relación a tu trabajo? Es decir, frente a la movilización y al temor que genera el Ébola, ¿cómo lo has vivido? 

Hay situaciones mucho más riesgosas, como los conflictos armados, en donde mucha más gente muere. Sin embargo, creo que lo que produce ese terror en el caso del Ébola es la forma en la que la gente puede morir: con mucho dolor, a veces con hemorragias, y sobre todo, muy aislado, muy solo, muy rechazado. El Ébola es, entonces, tanto o más estigmatizado de lo que lo fue el VIH años atrás.

Es muy difícil lidiar con el miedo. Ese temor, que observábamos incluso en el propio personal formado en Ébola, es muy difícil de digerir, porque te das cuenta que no sólo hay que tener información, sino que además hay que tener confianza en esa información. La desconfianza y el temor tienen como resultado más muertes, más estigma, más soledad para los enfermos, y eso diferencia al Ébola de otras enfermedades mortales como la malaria. 

¿Cuáles han sido para ti los desafíos, dificultades y satisfacciones en relación a tu experiencia de trabajo?

Hay que aprender muchísimo si vas a ser el referente técnico de tu equipo local. Entonces hubo muchas horas de estudio. Pero además, otros desafíos fueron lograr que el staff nacional perdiera de a poco el miedo, construir una relación de equipo en un país donde las relaciones de trabajo son muy jerárquicas, y al final de la intervención, reforzar la alerta que se debe tener, ya que después de un tiempo, los equipos se relajan y la percepción de riesgo disminuye. 

El equipo de MSF que participó en Nigeria fue increíble, y eso ayudó enormemente. La comunicación era muy fluida y, sobre todo, muy constructiva. No había tiempo para críticas destructivas, ni para pequeñas peleas. Todo el mundo guardaba en mente el objetivo y el sentido de unidad, y yo sentí que hubo muchísima colaboración y respeto entre los miembros del equipo. Todo el mundo mantuvo un buen ánimo a pesar del cansancio; todos se cuidaban, había muchas risas entre todo ese estrés: eso es una cosa impagable. Había mucha energía para trabajar y eso es parte fundamental en cualquier misión, sobre todo en una emergencia como esta.

¿Hay alguna información que crees que sería importante mencionar?

Es importante saber que los trabajadores de MSF seguimos un protocolo de seguimiento muy estricto al regreso de una intervención de Ébola, durante los días en los que pueden presentarse síntomas de la enfermedad. Nos tomamos la temperatura 2 veces al día, y en caso de fiebre o de cualquier otro síntoma, nos aislamos inmediatamente hasta ser hospitalizados. No hay riesgo de contagio para nuestras personas cercanas. Sé que la gente tiene miedo cuando uno regresa, y que hay actitudes de rechazo hacia los trabajadores humanitarios que vuelven de misión. Es importante perder ese miedo y comprender que estigmatizar o desanimar a que alguien vaya a trabajar a una emergencia como ésa, no protege contra nada y sólo contribuye a empeorar la situación. 

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