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Ivan French

Médico/a- Buenos Aires, Argentina
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A continuación, Iván comparte sus impresiones acerca de su primera misión con MSF, desarrollada en República Centroafricana (RCA), un país que, a pesar del incremento de la ayuda humanitaria durante los últimos cinco años, sufre aún de altos porcentajes de mortalidad materna e infantil, y de una escasa infraestructura sanitaria.

República Centroafricana

Desde el primer momento en el que bajé del avión supe que República Centroafricana (RCA) me iba a presentar una realidad desconocida hasta entonces por mí. Chicos jugando al fútbol en el medio de la calle principal de la capital, provocando una larga fila de autos (que curiosa y afortunadamente no aparentaba generar ningún tipo de malestar en los conductores que pacientemente esperaban llegar a sus destinos), y vivir la experiencia de estar bajo una verdadera lluvia africana (que no te recibe con unas débiles gotas, como lo hacen las tímidas lluvias argentinas, sino con toda la explosividad y potencia que la naturaleza de RCA revela en todas sus expresiones), eran elementos que anticipaban las miles de sorpresas que este país me iba a ofrecer.

A lo largo de los cuatro meses que estuve trabajando como pediatra en Boda, una ciudad a 200 km de la capital, no creo haber tenido ningún día parecido al otro. Este continente tiene la magia que da lo impredecible. No se puede hablar de monotonía o cotidianeidad. En RCA todo está vivo y es real… el calor es constante y, asociado a la humedad selvática de la región, hace que uno esté transpirando todo el día. A los chicos se los ve felices y riendo a carcajadas y los adultos juegan diariamente interminables partidos de fútbol de donde salen gritos, discusiones, risas y más discusiones… lógicas consecuencias de un deporte que tanta pasión despierta en todos los africanos.

La gente es naturalmente expresiva y cariñosa, se los ve desbordados de felicidad cuando descubren como su hijo, que vino hace dos días con un paludismo neurológico casi mortal, evoluciona favorablemente al tratamiento y se encuentra ya prácticamente listo para el alta hospitalaria. El idioma local que ellos utilizan es el Sango. Suplen el inconveniente de la comunicación con nosotros con sonrisas que regalan con mucha facilidad, y con ocasionales regalos frutales (como bananas, mangos, paltas o ananás) que consiguen en la selva. A los pocos días pasan por el hospital y los chicos ya curados nos ven, nos abrazan y nos invitan a que juguemos al fútbol, nos dicen palabras en su idioma local que torpemente intentamos repetir y esto les provoca risotadas y ganas de que les copiemos más palabras que nos van repitiendo, testeando así nuestras “incapacidades” lingüísticas. Las necesidades de la población son grandes y urgentes, pero esto no se expresa en las caras entusiastas y felices de la gente. ¿Por qué será que en las zonas más humildes uno siempre se encuentra con personas risueñas y animadas?

Trabajar en el hospital de Boda fue totalmente distinto a lo que estaba acostumbrado en mis anteriores experiencias médicas, y no hablo de no tener electricidad, agua corriente o las múltiples comodidades que se disfrutan diariamente en nuestros centros sanitarios y que son inexistentes en muchos hospitales centroafricanos. La sorpresa más grande me la llevé al ver la grandeza espiritual que el ser humano es capaz de exhibir frente al sufrimiento: padres que llegaban al hospital con enfermedades tropicales crónicas que los debilitaban físicamente y los dejaban al borde de la vida, pero que no eran suficientes para impedirles jugar y divertirse con sus hijos; abuelas que, bajo un calor insufrible, caminaban 40 kilómetros con sus nietos en brazos para ser atendidos en el hospital y, lo más increíble de todo, la imagen que aún recuerdo de un niño de cinco años con quemaduras (lleno de ampollas, úlceras y volando en fiebre por una sobreinfección producida en el tórax tras habérsele caído agua hirviendo en todo el cuerpo), a quien tuve que desinfectar en un procedimiento terapéutico muy doloroso, pero que una vez terminado, y mientras se secaba las lágrimas, no dudó en agradecerme con muchas sonrisas y un gran abrazo.

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