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Florencia Romero

Médico/a- Chaco, Argentina
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Florencia Romero es médica pediatra, oriunda de la ciudad de Resistencia, provincia de Chaco. Comenzó a trabajar con Médicos Sin Fronteras en 2006, apenas un mes después de terminar la residencia en pediatría en el Hospital Garrahan de la Ciudad de Buenos Aires. Su primera misión fue en Liberia, donde trabajó como pediatra entre 2006 y 2007 (ver testimonio aquí). Al año siguiente partió hacia Zimbabue, donde también trabajó como pediatra desde 2008 a 2009. Tras su regreso, se desempeñó como responsable de proyectos en Perú (2009) y Zambia (2010).

En 2011 fue coordinadora médica en Níger y más recientemente en Haití, donde trabajó entre 2012 y 2013. De regreso en Buenos Aires, Florencia compartió su experiencia a lo largo de estos últimos años y reflexionó acerca de su elección por ejercer la medicina trabajando para Médicos Sin Fronteras.

¿Cuál fue tu tarea durante esta misión en Haití?

Como coordinador médico, lo que hice fueron las actividades de coordinación, que incluyen la responsabilidad de toda la actividad médica de la misión. Por un lado, asegurarse de contar con los recursos humanos suficientes, médicos y paramédicos, que haya la cantidad de anestesistas, cirujanos y obstetras que tiene que haber, y todo lo que haga falta para que el hospital funcione: medicamentos y material biomédico, de laboratorio, exámenes complementarios, etc. Al mismo tiempo, garantizar que los protocolos médicos de MSF se apliquen correctamente y, finalmente, otra parte que tiene que ver con las relaciones con el Ministerio de Salud y los diferentes actores. Son literalmente actividades de coordinación y de asegurarse de contar con todo lo que haga falta que los equipos puedan atender a los pacientes.

Como pediatra, tus principales pacientes son los niños. ¿Cómo es tratar con chicos en contextos en los que trabaja en MSF como pueden ser Haití o Zimbabue?

Cada lugar tiene sus propias características, pero los niños siempre son la población más vulnerable y la que tiene más necesidades. En Zimbabue, por ejemplo, una de las problemáticas es que muchos de los adultos han muerto por el VIH/Sida y los chicos (que en muchos casos han heredado la enfermedad de los padres) han quedado huérfanos y son cuidados por sus tíos o abuelos. Es muy común tener que hacer las consultas con las abuelas, que no leen, ni escriben, ni hablan inglés, y tratar de explicarles el tratamiento anti-retroviral de la manera más sencilla posible para que puedan dárselo a sus nietos. Eso es bastante fuerte, pero lo hacían, porque están muy comprometidas en cuidar a los chicos. En otros lugares como Liberia, o en Haití también, lo que sucede es que los pacientes vienen desde muy lejos porque saben que están los servicios de MSF. Sin embargo, si bien la organización puede ofrecer una gran parte de los servicios de atención básicos que necesita un niño, hay determinadas complicaciones o determinados tratamientos, como por ejemplo cáncer u otro tipo de enfermedades más graves, para los que la organización no puede ofrecer tratamiento, sino en el mejor de los casos orientarlos o referirlos. Esa es una de las cosas más fuertes a las que uno se enfrenta y fue un aprendizaje importante para mí en las primeras misiones. Hoy en día trato de apoyar a los pediatras más jóvenes en este tipo de situaciones, donde lo único que queda es explicarles a los papás qué es lo que pasa, qué es lo que le va a pasar y darles las pautas para que la transición hacia el desenlace de la enfermedad no sea tan terrible. Son dilemas éticos para los cuales no todo el mundo está preparado, pero en lo personal, la medicina no se trata simplemente de curar. Para mí, la medicina también es acompañar, estar al lado y saber ofrecer a los pacientes y a sus familias no solamente los medicamentos o la cura, sino también presencia y comprensión. A nadie le gusta ver morir a un paciente, pero sí valoro el poder acompañar a esas familias y al menos ofrecer las condiciones adecuadas para que el paciente muera dignamente, cuando de otro modo moriría solo, en el medio de algún lugar, desangrado o con mucho dolor. Por supuesto, no deja de ser difícil.

¿Hay algún caso o paciente que recuerdes en particular?

Siempre cuento el caso de una pacientita que tuve en Liberia, en mi primera misión, que era una bebé chiquitita de menos de dos meses que llegó con su abuela y si bien no se la veía tan gravemente enferma, tenía algo que demostraba que no estaba bien de salud. La abuela contaba que la mamá había fallecido, pero no sabía mucho más al respecto. Entonces vimos a la bebé, tratando de pensar qué podía tener e intentando armar la historia, y la tratamos finalmente por tuberculosis, con la sospecha de que su mamá había muerto por tuberculosis, ya que se trataba de una paciente con VIH/Sida. La bebé fue tratada durante seis meses, mejoró, empezó a crecer muy bien y toleró bien el tratamiento. Después se la testeó para el VIH/Sida y fue negativo. Su abuela estaba inmensamente agradecida y contenta de una bebé que se desarrolló normalmente gracias a que se la pudo tratar en ese momento.

En tu experiencia personal, ¿cuáles fueron las patologías que más trataste en chicos?

En general, las grandes enfermedades en los niños son diarreas, infecciones respiratorias, en muchos casos la desnutrición y, dependiendo de donde estemos, la malaria o el VIH/Sida – como es el caso de Zimbabue, donde la enfermedad afecta a un enorme porcentaje de la población. Allí debíamos tratar además todas las enfermedades oportunistas relacionadas con el VIH/Sida como son la tuberculosis, las meningitis, etc. Pero en general siempre son las enfermedades respiratorias, las diarreas y los accidentes también. Tanto en Liberia como en Haití, como en muchos otros casos, los hogares son muy precarios y el fuego no siempre se enciende en un contexto seguro, por lo que los chicos muchas veces se terminan volcando ollas de agua o de aceite hirviendo, o quemándose directamente con el carbón.

¿Cómo se le explica a un chico que padece una enfermedad como el SIDA o la tuberculosis, que son más complejas de entender para un chico de dos o tres años?

En primer lugar, se trata de explicarles a los adultos. De todos modos, en este tipo de programas también hay equipos de consejeros que están preparados especialmente y trabajan en un enfoque más especial para los niños. Por ejemplo, en la clínica de VIH de Zimbabue, había un taller para los chicos donde un sábado por mes se ofrecían actividades lúdicas, como juegos, canciones y dibujos, que tenían que ver con conocer y aceptar la enfermedad, desde un enfoque positivo centrado en cómo llevar una vida saludable. Muchas veces, eso también es un aprendizaje para los médicos, que solemos concentrarnos en lo que es diagnóstico, tratamiento y seguimiento, y ese tipo de actividades nos ayuda a poder llevarnos mejor con los pacientes. También se trabaja de manera similar en otros contextos, como por ejemplo en los casos de desnutrición, donde se trata de involucrar a las mamás en el aprendizaje de cuál es la alimentación más adecuada, por qué y cómo estimular el desarrollo del niño. Es algo complejo, porque las maneras de crianza son diferentes en cada lugar y es necesario adaptar nuestros mensajes de acuerdo a las diferentes culturas, lo cual también es una tarea muy interesante.

Hace ya varios años que trabajás junto a Médicos Sin Fronteras. ¿Qué te motiva a seguir en la organización?

Yo encontré mi lugar en MSF. Encontré que a través de esta organización puedo sentirme muy satisfecha de la tarea médica que puedo hacer y percibo que realmente se llega a los pacientes. Se trabaja de manera directa con ellos y se pueden hacer muchísimas cosas. Muchas veces hay cosas que se pueden mejorar en cuanto a cómo se hacen, pero eso también me motiva a seguir porque intento buscar qué cosas son mejorables en la realidad y a seguir empujando por mejorar y por hacer más cosas. Por ejemplo, yo soy pediatra y el año en que empecé no existía un referente de pediatría dentro de los departamentos médicos – no había más que guías de nutrición que sí estaban enfocadas, obviamente, a los niños. Hoy en día MSF ha evolucionado enormemente y casi todos los departamentos tienen un referente de pediatría, además de implementadores de diferentes actividades pediátricas, guías de pediatría y de neonatología. Creo que MSF ha evolucionado muchísimo desde su creación y así como siempre se dice que los contextos van evolucionando y la tarea propia de MSF también lo hace, esta creo que es una evolución positiva y que se nota en lo que hacemos con los pacientes día a día.

¿Qué le recomendarías a alguien que quisiera trabajar en la organización?

Creo que lo primero y muy importante es una apertura de espíritu en general, porque uno se encuentra necesariamente ante la situación de colaborar con gente de diferentes lugares. No sólo la población local, sino también las personas con quienes uno va a convivir y a compartir el trabajo. Es necesario tener flexibilidad y estar dispuesto a escuchar y aprender. Con respecto a la profesión médica en sí, creo que hay muchísimas oportunidades para ayudar y para hacer cosas, pero hay que ser consciente de que no se puede salvar a todo el mundo, por lo que siempre va a haber cierto nivel de frustración. Uno se va a enfrentar necesariamente a dilemas éticos, por lo que antes de tomar la decisión se debería tener una reflexión personal para ver si uno está dispuesto a enfrentarse a momentos de ese tipo. En lo personal, creo que uno tiene que ir más allá de eso y pensar “¿qué puedo yo aportar de diferente en esas situaciones?”. Como decía antes, muchas veces puede ser el hecho de acompañar a los pacientes y compartir otro tipo de cosas. Pero creo que es una manera de ejercer la medicina que es muy, muy gratificante si uno sabe llevar estas dificultades. Uno puede tener acceso a poblaciones que de otro modo no tendrían ningún tipo de atención médica y que están muy agradecidas poder recibir la ayuda de Médicos Sin Fronteras.

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