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Cecilia Ferreyra

Médico/a- Argentina
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24,7 millones de personas viviendo con el VIH; 9 millones de personas en tratamiento antirretroviral (ARV); 1,5 millones de nuevas infecciones; 1,1 millones de muertes por causas relacionadas con el sida. Estos son algunos de los datos que acaba de publicar ONUSIDA sobre el VIH/sida en 2013 en el África subsahariana, de largo, la zona del mundo más golpeada por el virus. Pero en esta amplia área, que abarca prácticamente todo el continente, vemos realidades muy distintas. 
 
Como referente de VIH/sida y tuberculosis de Médicos Sin Fronteras (MSF) acabo de regresar de Sudán del Sur, donde he visitado nuestro proyecto en Yambio, en el estado de Ecuatoria Occidental. Allí MSF apoya el programa nacional de VIH/sida, con especial atención a las mujeres embarazadas y a los niños menores de 5 años. En general, la situación en Sudán del Sur es la realidad que afrontan muchos países del África Occidental y Central, donde la asistencia a las personas VIH-positivas es poco efectiva o inexistente. Y donde el conflicto o la inestabilidad política ponen en riesgo la los programas existentes y futuros. 
 
En Yambio, sólo un 26% de las personas que necesitan urgentemente tratamiento, lo está recibiendo. Así que por desgracia, todavía vemos pacientes que llegan muy tarde y en estadios muy avanzados de la enfermedad, porque no han sido diagnosticados y tratados a tiempo. También vemos que estrategias que han sido muy efectivas en contextos de alta prevalencia de VIH –descentralizar la atención a los pacientes en zonas rurales, crear redes de apoyo comunitario para mejorar la adherencia al tratamiento y atajar el estigma, permitir que los enfermeros pueden empezar el tratamiento ARV, etc.– son aún inexistentes en este contexto. 
 
De hecho, lo que he visto en Yambio, es lo que vi en Kenia o en Zimbabue hace más de 10 años. En aquel entonces los zimbabuenses o los keniatas seropositivos no tenían acceso a ARV, no existían las pruebas de CD4 para iniciar el tratamiento, ni tampoco los test para medir la carga viral y diagnosticar fallos de tratamiento. Además, debían enfrentarse a un alto nivel de estigma y discriminación por parte de la comunidad. Nadie creía entonces que sería posible dar ARV en estos contextos, pero lo logramos, y con estrategias que hoy en día han sido adoptadas por los Ministerios de Salud. 
 
Algunas historias de esperanza
Cuando visité la clínica de VIH/sida en el Hospital de Yambio, me senté fuera, en la zona de espera y decidí improvisar una sesión de grupo, con la ayuda de un consejero que hacía de traductor. Animadas por mi visita, las mujeres que esperaban para entrar en la consulta, explicaban sus experiencias con el virus. Una de las más mayores, dijo tener 49 años, nos contó su historia. Fue diagnostica en 2009 pero no pudo empezar a tomar ARV hasta 2010 (cuando se introdujo al tratamiento en Yambio). Los medicamentos le salvaron la vida in extremis: estaba en el estadio más avanzado de la enfermedad y tenía tuberculosis. El cambio fue espectacular, ¡pudo volver a caminar y trabajar! Pero lo que más sorprendió a las oyentes fue el apoyo incondicional de su marido: “Mi marido tenía siete mujeres y vivíamos todos en el mismo recinto. Cuando supo que era VIH-positiva, él también se hizo el test y salió negativo, pero me apoyo. Les dijo al resto de mujeres que tenían que respetarme o irse. Cuatro de ellas, abandonaron el recinto familiar”, decía con una gran sonrisa que mostraba pocos dientes. Hoy, cinco años después de su diagnóstico lleva una vida normal gracias a los ARV. 
 
Por desgracia, este tipo de historias todavía son una excepción. El personal de la clínica me explica que muchos pacientes están en los alrededores del edificio pero no se acercan, el estigma aún está ahí aunque haya mejorado en los últimos dos años. Esperan hasta que hay más gente para poder pasar desapercibidos y así evitar ser señalados como VIH-positivos. La gran mayoría camina durante dos o tres horas para llegar al hospital y seguir su tratamiento, otros empiezan el viaje la noche anterior. En todo Yambio, solo se atiende a las personas con VIH en el Hospital. La descentralización todavía es una realidad muy lejana y aquellos pacientes que viven más lejos probablemente no lleguen nunca al hospital. 
 
Lo que sí se ha puesto en marcha de forma muy efectiva, es el programa de prevención de la transmisión de VIH de madres a hijos (PMTCT por sus siglas en inglés). Con muchas dificultades –por ejemplo, no está disponible la prueba que permite saber si el niño ha sido infectado o no con el virus y las muestras deben enviarse a Suráfrica–, pero con buenos resultados. Cada vez hay más madres que tras 18 meses, ya saben que sus hijos con VIH-negativos y animan a otras madres a seguir el programa. De hecho, estas madres son uno de los pocos grupos de apoyo que existen. El PMTCT debe ser una pieza clave en cualquier programa de HIV, ya que evita que una persona conviva de por vida con el VIH. 
 
Un largo camino por delante
Actualmente, el Gobierno de Sudán del Sur trabaja en la propuesta para presentar en la próxima ronda de reposición de fondos del Fondo Mundial de la Lucha contra el Sida, Tuberculosis y Malaria. Un proceso crucial para conseguir los fondos necesarios para los programas de VIH/sida en el país. Sudán del Sur cuenta con algunos de los peores indicadores de salud del mundo, y con servicios de salud erráticos o casi inexistentes según la zona. Además, el conflicto que asola el país desde el pasado diciembre agrava una situación ya de por sí muy delicada; varios de los estados más afectados por el conflicto, tienen algunas de las prevalencias más altas de VIH del país.
 
Realidades como las que vemos en Sudán del Sur son también habituales en otros países donde trabaja MSF como Chad, República Democrática del Congo, Guinea, Nigeria, República Centroafricana, Camerún, Níger o Mali. Se trata de países que no se han beneficiado de la revolución global que ha habido en la lucha contra el VIH/sida. Para conseguir que haya más historias como la de la mujer que conocí en Yambio, MSF está empujando para que ONUSIDA ponga en marcha un plan a tres años específico para estos contextos. Queremos que exista un compromiso para lograr en estos países lo que ya conseguimos en Kenia, Malaui, Mozambique y muchos otros, donde hemos visto como se triplican las historias de éxito. 
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