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Candelaria Lanusse

Enfermera- Buenos Aires, Argentina
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Candelaria Lanusse es una enfermera argentina que trabaja con Médicos Sin Fronteras (MSF) desde 2006. Participó en proyectos de MSF en países como Zimbabwe, Chad, Níger, México, República Centroafricana, Chile y Mali, y durante julio y agosto de 2014, se desempeñó como coordinadora médica en Malakal, Sudán del Sur, tras el conflicto que estalló a fines de 2013 y que obligó a muchas personas a huir de la violencia y a refugiarse en campos de desplazados.

“Fue una de las misiones con más fluctuaciones de prioridades que viví en mi vida. En cuanto llegué al terreno se desató una epidemia de cólera y eso cambió mucho los objetivos del proyecto”, cuenta Candelaria, quien ya había trabajado en brotes similares en Zimbabwe, Zambia y Níger. Si bien el objetivo de la misión en un principio era brindar atención sanitaria básica a la población víctima del conflicto, ella explica cómo MSF tuvo que adaptar rápidamente sus actividades para dar respuesta al brote de cólera en el país más joven del mundo.

¿Qué tareas asumiste cuando llegaste a terreno?

Cuando llegué, el objetivo era básicamente dar acceso a la salud a la población desplazada y las víctima del conflicto. Teniendo en cuenta la distribución de esa población, el foco de nuestro trabajo estaba dentro del área de protección de las Naciones Unidas (campos de protección para población civil), pero también teníamos clínicas móviles y coordinábamos dos proyectos más desde Malakal, uno en Melut y otro en Kodok, en el Estado de Upper Nile. Muchas personas se habían instalado dentro de la base de Naciones Unidas buscando protección y otras se desplazaron hacia zonas más lejanas, como Wau Shilluk, donde se incorporaron al resto de la población. A causa de los ataques, se habían cerrado muchos hospitales y centros de salud, y la gente no tenía donde atenderse. Además, a poco de haber llegado, se desató una epidemia de cólera y eso cambió mucho los objetivos y las prioridades de la misión en el terreno. En un primer momento brindábamos atención sanitaria básica y por temor a la desnutrición, enfocamos todo nuestro esfuerzo a prevenirla, detectarla y tratarla. Pero de repente, cuando empezamos a planificar con más detalles las actividades comunitarias, a aclarar los objetivos a largo plazo, apareció la epidemia de cólera. En medio de esta situación, hicimos una gran vacunación. Luego, cuando se calmó la epidemia, comenzamos a trabajar con kala azar, una enfermedad tropical que aparecía constantemente en nuestros pacientes. El análisis y el cambio eran permanentes. El proyecto se fue adaptando para responder a las necesidades de la población.

¿Cómo organizaron la adaptación del proyecto frente al comienzo de la epidemia de cólera?

Por un lado, esperábamos la llegada del cólera porque estábamos en época de lluvias y ya habían surgido casos en otras zonas del país. Habíamos construido un centro de tratamiento pequeño para poder dar una rápida respuesta, pero estaba en Malakal, que no fue donde el brote se inició. Por otro lado, se había hecho una campaña de vacunación contra el cólera con la población que estaba refugiada en la base de Naciones Unidas. Los primeros casos sospechosos aparecieron en Wau Shilluk. Allí habíamos hecho una campaña de vacunación, pero no de cólera, y llegaban nuestras clínicas móviles que daban atención primaria de salud y trataban a niños con signos de desnutrición. Pero un día hubo un alerta de algunos casos de cólera y empezamos a hacer el seguimiento. Un equipo de enfermeros y recursos humanos había ido a Wau Shilluk a realizar entrevistas laborales a profesionales locales y cuando llegaron al centro de salud se enteraron que había ocho pacientes con signos de deshidratación. Les llamó la atención: fuera o no cólera, era claro que había que intervenir. En ese mismo momento se comunicaron con la coordinación y enviamos materiales médicos. Luego, nos pusimos en contacto con los otros proyectos cercanos, en Melut y en Kodok, y preparamos un equipo para que estuviera allí a la mañana siguiente para evaluar lo que estaba pasando. En estas situaciones, lo básico es actuar rápido, evaluar y empezar cuanto antes a intervenir. De hecho, al día siguiente el brote explotó, siendo aún más brusco de lo que había visto otras veces en mi vida.

Llegado el momento de intervenir, ¿cuál fue la respuesta?

Cuando llegamos a la mañana siguiente del alerta nos dimos cuenta de que las condiciones en las que estaban siendo atendidos los pacientes no eran las mejores. El centro de salud estaba ubicado en el medio del pueblo, donde también se habían instalado muchas personas para estar juntas y protegidas. Era una zona muy hacinada. El centro de salud consistía en tres carpas: una de MSF, que fue instalada para dar lugar al programa de nutrición, y dos provistas por otra organización social. Si bien las condiciones no eran las mejores, había que actuar rápido y dar atención a los pacientes. El primer día ya teníamos 60 pacientes. Nos tomó cerca de tres días construir un centro de tratamiento de cólera apropiado con unas 100 camas aproximadamente. El día cinco fue el pico de la epidemia: en esas 24 horas admitimos alrededor de 160 personas que presentaban síntomas. Por las condiciones geográficas teníamos que dar tratamiento de forma más descentralizada, pero en los primeros cinco días fue imposible, estábamos desbordados. Pasado el pico, intentamos instaurar un sistema de referencia para que los pacientes pudieran llegar, teniendo en cuenta las condiciones en las que se encontraba el terreno: una zona rural, sin carreteras y con inundaciones. El sistema se pensó, entonces, para que la persona pudiese acercarse a pie, en burro o en moto a la carretera, y desde allí fuera recogida por un colectivo local y llevada al centro de MSF.

Además del brote de cólera, ¿con qué otras enfermedades te encontraste?

Había desnutrición, enfermedades diarreicas y respiratorias, malaria y kala azar. Si bien vimos pocos casos de malaria durante el período en el que estuve, si hubo muchos de kala azar. MSF había tenido un proyecto de kala azar en la zona, porque la enfermedad es endémica, pero se tuvo que retirar debido al conflicto. Y cuando nosotros hacíamos análisis sobre las patologías que tenían nuestros pacientes en el centro de salud, encontrábamos una mortalidad relativamente alta asociada al kala azar. Esto también hizo que decidiéramos cambiar un poco el enfoque y por ejemplo en Wau Shilluk sumamos a la clínica móvil una de kala azar. Buscábamos ser más proactivos en la detección de la enfermedad porque nos dimos cuenta de que probablemente tenía incidencia en la morbilidad y la mortalidad de las personas, que son al final a quienes nos debemos. También había muchos nacimientos prematuros. Aunque MSF no estaba involucrado en la atención de mujeres embarazadas y partos, si brindábamos atención pediátrica. Los niños que llegaban a consulta tenían complicaciones post-parto y desnutrición.

En relación a tu experiencia, ¿qué dirías que es lo que caracteriza a un brote de cólera?

Uno de los aspectos positivos, dentro de todo lo grave y severo que es esta enfermedad, es que si está bien tratado, una vez que se realiza la intervención, no se debería morir ninguna persona de cólera. Los pacientes llegan en muy mal estado y se van bien. Es diferente cuando no hay un sistema organizado, en esas situaciones es más difícil. Pero en general, una vez que el centro está funcionando, la mayoría de las personas no mueren de cólera. Por eso también el desafío es descentralizar lo más posible la intervención, para que todos puedan acceder a la asistencia médica. En el caso de Sudán del Sur, haber llegado un día sin saber lo que pasaba e irnos al otro con un centro de tratamiento abierto, por más que las condiciones no eran las mejores y había poco espacio, fue impresionante. Se vive mucha adrenalina.

 

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